viernes, 8 de diciembre de 2017

Entrevista con José de la Colina

Español como mi madre y mis cuatro abuelos (y como su amigo Juan Almela, sobre el que ya escribía yo mi tesis de licenciatura a finales de la década de 1980, cuando le di por vez primera la mano), José de la Colina tuvo siempre algo familiar e incluso entrañable para mí. Su figura, algunos ángulos de su personalidad y su manera de expresarse y de reaccionar ante determinados estímulos me recordaron siempre a algunos personajes que formaban parte del paisaje de los españoles de México entre los que yo me crié.
Mis primeras publicaciones en un medio de circulación nacional (reseñas, comentarios a temas diversos, algún poema) fueron en las páginas de aquel Semanario Cultural de Novedades que él dirigía, en el que un pequeño grupo de conocidos y amigos veinteañeros entre los que yo me contaba pasó revista, por lo menos de manera intensa y continua durante una corta temporada, a las efemérides del día, las novedades editoriales y cuanto asunto de interés flotara en el ambiente.
En 1989, los viernes hacia el mediodía íbamos en metro a verlo al periódico, que estaba en la esquina de Balderas y Morelos, para cobrar el artículo del número anterior y asistir al cierre del siguiente de aquel suplemento dominical del siglo pasado en cuya oficinita mínima él recibía con generosidad las nuevas propuestas, hacía incansablemente bromas, discutía el significado de alguna palabra –y de tarde en tarde caía en singulares accesos de furia–, en la presencia desengañada y algo levemente irónica de Juan José Reyes, su jefe de redacción de aquellos tiempos.
José de la Colina con Roberto Tejada, Luis Ignacio Helguera y Aurelio Asiain
(de espaldas), en la cocina de mi casa, el 6 de abril de 1990. Foto de FF
El Semanario se hacía todavía como se hacían las cosas entonces, de una manera que hoy describiríamos por lo menos como artesanal: una vez que estaban listos los textos (leídos, anotados, capturados, corregidos, impresos en galeras, formados y pegados, todo de manera física y mecánica), acudíamos a otro piso del edificio del periódico y le echábamos un último vistazo, extendido en unas planchas puestas a la altura de los ojos, página por página y columna por columna… 
Si por caso descubríamos una errata, era necesario hacer una suerte de microcirugía para sustituir una letra por otra, con un cutter y una gota de pegamento (y poco menos que una lupa), de lo que se encargaba en persona el secretario de redacción del suplemento, un hombre prácticamente mudo e invisible llamado Luis Antonio Gómez. A todo aquello acudía Colina, solícito y atento a los detalles aunque siempre un tanto cortante, a la española manera: no en balde ponía en aquella publicación, semana tras semana, su enorme talento narrativo, y lo aderezaba con portadas diseñadas por él mismo y con caricaturas y fotografías que firmaba como “Coli”. Aprobadas las planas, nos íbamos en grupo a tomar una cerveza a alguna de las cantinas del entorno, a prolongar en la plática y el trago amistoso las labores editoriales por otros medios.
Título y epígrafe de la serie de poemas "20 000 lugares bajo de las madres" de Gerardo Deniz (Gatuperio, FCE, 1978), dedicada a José de la Colina.
Metido estos días en la redacción de mi libro sobre Gerardo Deniz, envío al viejo amigo editor este cuestionario de asuntos que me interesa consultarle y él acepta responderlo para mí. Los lectores de Siglo en la brisa encontrarán en sus respuestas sus evocaciones de los inicios de su amistad con el poeta de Erdera, de los tiempos del Semanario y de el agrio intercambio público que mantuvo con José Emilio Pacheco en las páginas de la revista Proceso, en mayo-junio de 1991. Por último, quienes sigan leyendo conocerán algunas de sus opiniones sobre el mundo editorial mexicano de la actualidad, valiosas por provenir de él, uno de los últimos viejos lobos de mar de las publicaciones culturales del país.

José de la Colina en el programa de radio A Pie de Página, del Instituto
Mexicano de la Radio, el 5 de mayo de 2014.
Foto: Jonathan López Romo
Bolas de nieve que crecen mientras ruedan.
Entrevista con José de la Colina
Por FF
¿Cómo se conocieron Juan Almela y tú? ¿Puedes compartirme algunos recuerdos? ¿Cómo era tu amigo Juan?
Nos conocimos en el departamento de corrección del FCE de la Avenida Universidad cuando ésta era una serie de llanos. Juan tenía cubículo allí y yo era “foráneo”, eventual, y corregía en casa galeras esporádicas. Joaquín Díez-Canedo, que entonces era de hecho el director del Fondo (aunque formalmente era otro que no recuerdo su nombre), se asomaba a veces al cubículo de Juan para vigilar que no estuviéramos haciendo versitos humorísticos en lugar de corregir galeras y planas o alguna traducción mala. Yo aprendí a versificar –nunca a hacer verdadera poesía– en tales juegos, y gracias a Juan, que se sabía de todas todas. A la hora de comer íbamos a regalarnos con unos moles verdes o rojos de antología, más cervezas, en La Poblanita, que entonces estaba cerca de allí… y a seguir sonetizando entre risas.  
José de la Colina y Juan Almela en la Facultad de Filosofía y Letras
el 6 de abril de 1990, día de mi examen profesional. Ellos tenían 56 años; yo, 26.
¿Cuál es la parte de la obra de Deniz que prefieres?
Toda, pues creo que su prosa continúa sus poemas y viceversa. Recuerdo que trabajó un tiempo en algo parecido a El diablo Cojuelo pero sobre la ciudad de México de aquel tiempo e ignoro qué suerte habrán tenido esas cuartillas en las que algo colaboré. Era muy cosa divertida, creo, en su maltrato a grandes figuras culturales de aquel tiempo en México y América latina, en particular nuestra bestia negra, Pablo Neruda.
Muchos de nosotros empezamos publicando contigo y estamos muy agradecidos siempre por tu inteligencia y tu generosidad, pero también por tu rigor al frente del Semanario. ¿Qué recuerdo tienes tú de aquella generación, o generaciones, que pasaron por el suplemento que dirigías?
Estoy agradecido a todos los colaboradores del Semanario por su valentía porque, como había ocurrido años antes la destitución de Fernando Benítez, tuve poca gente de valía, salvo Octavio Paz, Rossi y los de Plural, pues resultaba que la mayoría de los cultos famosos no querían publicar en una empresa, Novedades, “vendida al imperialismo”. 
La redacción de la revista Plural, encabezada por Octavio Paz.
Gabriel Zaid se cubre el rostro con un ejemplar de la revista; Colina da la espalda.
A Monsivais y Pacheco los requerí, pero se zafaban, porque veían que después de mi experiencia cubana yo estaba fuera de lo que llamo la Izclesia. Pacheco no ideologizaba pero quería quedar bien con los ideólogos del marxismo malo, el no grouchista. Eres, Fernando, de una generación a la que por fortuna no le tocó la asfixia ideológica de la izclesia y quizá no comprendas del todo la situación en que, por ejemplo, hacer pintura abstracta era traicionar a la patria.
Usabas algunos seudónimos para publicar todo género de notas. Creo recordar al menos dos: Silvestre Lanza y Fernando Martín. ¿Por qué los usabas? ¿Cuál es el origen de esos seudónimos?
No, Fernando Martín era, creo, Juan José Reyes, otro gran rellenador de planas como yo. Los seudónimos y quizá algún heterónimo se deben sobre todo a la necesidad de llenar páginas en mis publicaciones. Yo soy de los inventores del género de los minicuentos, porque venían muy bien para rellenar pequeños espacios baldíos en El Semanario, y algunos sobrevivieron hasta el libro. 
Me acuerdo también de una serie que escribiste sobre el incipit de algunos libros… Te gustaba dibujar y publicabas tus retratos de algunos escritores y colaboradores. Recuerdo una serie de portadas del suplemento que eran dibujos hechos a partir de las letras del abecedario… ¿Qué fue de esos dibujos? ¿Publicaste todo aquello?
Mis labores de dibujante se deben a que en Novedades los formadores de planas y los diseñadores eran siniestros, muy al modo de la publicidad comercial, y uf, yo trataba de mantener el suplemento en otro estilo. El Semanario se acabó pocos días antes de que finiquitara Novedades y casi dejé de dibujar “profesionalmente”, salvo por distraerme. Como antes ocurría con mi poesía no creo que mi afición al dibujo, heredada de mi padre, así como el “Coli” con que firmaba, valga gran cosa como dizque obra gráfica.
¿Qué piensas de la revista Letras Libres, que se anuncia como heredera de Vuelta, la revista de Octavio Paz?
Literariamente, que es lo que me interesa, no creo que sea muy heredera de las de Octavio, aunque todavía estén los muy estimables náufragos Sheridan y Christopher… La revista tiene muchos ensayos de política cultural y de política política que con frecuencia me interesan y comparto, sobre todo los que atacan o desdeñan ideologías.
¿Qué te dejó el áspero intercambio por escrito que tuviste con José Emilio Pacheco en las páginas de Proceso entre mayo y junio de 1991? 
¿Llamas áspero intercambio a lo que fue una bronca que en una temporada estremeció de chismes y tomas de posición al ámbito cultural, porque un escritor medianamente bueno, ¿yo?, osaba atacar a Pacheco que era ya considerado un diosecito de las letras mexicanas? No recuerdo bien cómo empezó la bronca, creo que la cosa comenzó porque Deniz y yo nos pusimos una tarde a leer algunas de las piezas poéticas de José Emilio y nos daban risa sólo de ver que eran naderías muy rebozadas en lugares comunes. Deniz hizo unas notas crudas, cruentas, crueles y atinadas, y Pacheco no se metió con él porque evidentemente le tenía un justificado miedo, pero porque los dos nos sabíamos cositas, conmigo era otro cantar. 
Yo hice una nota, ¡y en el “reaccionario” semanario!, burlándome de un texto muy nacionalófilo e indigenófilo e izclesiásticófilo de Pacheco sobre el descubrimiento de América y la canallada de la conquista, que motivó la furia pachequiana y pues no hay como la literatura para que esos asuntos sean bolas de nieve que crecen mientras ruedan, la bronca se tomó como un caso muy serio en que el 90% de la lista de escritores de México que se ocupó de ello estuvo a favor de Pacheco, agraviado por solamente José de la Colina, que aparte de estar ya atacando a la izclesia no tenía ni la mitad de la obra portentosa de Josemilio… Ahora todo eso me motiva la sonrisa, qué idiota el “caso”. Y Pacheco profesaba más que yo una soberbia enmascarada de humildad, así que la discusión, si lo fue, se encabronó excesivamente.   
A la distancia, ¿aceptarías que fue un asunto de “política cultural”, como opinó Rafael Pérez Gay en la revista Nexos, y no un asunto de crítica literaria expresada con libertad, como defendiste entonces?
Fue un asunto fútil y tonto de los dos lados. 
¿Estuviste en la cárcel de Lecumberri, como se desprende de tu polémica con Pacheco? ¿Por qué razones y en qué circunstancias? ¿Te sacó él de Lecumberri, como sugirió por escrito? ¿Viviste luego en casa de Pacheco, como también parece desprenderse de sus palabras?
Foto: Ricardo Salazar [?]
Dos a tres veces Pacheco me invitó a comer en su casa y yo lo invité a comer en la mía. Nunca viví en su casa. Estuve en Lecumberri un día porque, cuando la “invasión” de Cuba por unos ridículos mercenarios, me atraparon los gendarmes con unas octavillas que repartía por Paseo de la Reforma, y aunque el gobierno mexicano se solidarizaba jactanciosamente con el castrismo, la policía seguía persiguiendo a los “rojos”. Pacheco no tuvo nada que ver en el asunto; me dijo haberse enterado después de que de allí me sacó el pintor Alberto Gironella con ayuda de un abogado amigo nuestro, Paco Corrales Díaz.
¿Qué me puedes decir de tu noveleta El Fakir Harry? ¿La concluiste? ¿Se publicó? ¿Cuál era tu interés en ese proyecto literario?
El fakir Harry, asunto que fascinaba a Elizondo y a mí, lo publiqué en capítulos para llenar planas en el Semanario de Novedades. Nunca llegó a ser libro, y qué bien, porque era malo, redactado al aventón por culpa de un reloj amenazante.
Pedro F. Miret. Foto: cortesía de Maia Fernández Miret
¿Cómo ves la literatura mexicana, ahora que acumulas tantos años de experiencia en ella al grado de que eres uno de los decanos de nuestras letras?
No sé del estado actual de la literatura mexicana, releo a Arreola, a Octavio, a Elizondo, a Deniz, a Miret, a Monterroso, algo de mis amigos, y algunos más, amigos que narran época compartida, a Melo y García Ponce. Desde que descubrí a Ana García Bergua, a quien empecé a publicar en el Semanario, es uno de mis autores más gustados.
Blaise Cendrars.
Foto: Robert Doisneau
Revistas y periódicos, ¿los lees?
Letras libres está muy bien sobre todo en ensayo y hasta en posición política. La Revista de la Universidad se ha convertido en un ladrillo infumable, se ve que Nettel no tiene ni idea. El suplemento cultural de Milenio cumple y ya. Como cada vez releo más, leo muy poca novedad literaria, y particularmente poco me asomo a revistas y suplementos, porque la Cabrona ya afila la guadaña y aún, por ejemplos, hay mucho Cendrars que releer y mucho Mozart que reoir.

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Los retratos de José de la Colina son de Jonathan López Romo, a quien agradezco que me permita utilizarlos. Fueron hechos el del 5 de mayo de 2014, el día que el escritor y periodista estuvo en nuestro programa de radio en el Instituto Mexicano de la Radio.

Otras entradas de este blog en que se menciona El Semanario Cultural de Novedades:
Un retrato de Rulfo en Viceversa, http://bit.ly/2t4YnYC
Quince razones para asomarse a De marras, http://bit.ly/2bmYunI
Índices de la revista Milenio, http://bit.ly/2AHNBve
Sobre las íes, presentación editorial, http://bit.ly/2AtSYLN


viernes, 1 de diciembre de 2017

Homenaje a Eduardo Lizalde

Foto de Lucirene Castellanos.
(El pasado domingo participé en el homenaje que la Feria Internacional del Libro de Guadalajara rindió al gran poeta mexicano Eduardo Lizalde. En la mesa estuvo también Jaime Labastida, director de la Academia Mexicana de la Lengua. A continuación, las palabras que leí ese día.)

Es un honor inesperado para mí tener la oportunidad de saludar desde esta tribuna privilegiada al primero de los poetas mexicanos. La intervención de Jaime Labastida, director de la Academia Mexicana de la Lengua, me exime de hablar en términos generales de su obra y me permite en cambio probar a decir algo más directamente ilustrativo sobre el trabajo de este extraordinario artífice de nuestra poesía. 
En otro lugar he dedicado un largo ensayo a explicar las razones de mi entusiasmo por su gran poema de madurez, Algaida, en el que la expresión del poeta terminó volviéndose más refinada y acaso más conseguida que nunca.
Escrito a las puertas de la vejez, el poema es una vigorosa entrada del intelecto y la imaginación en los territorios del pasado, en la que todo resplandece con luz particularmente poderosa. Ya desde su primera estrofa, Lizalde anuncia que hablará en él de las grandes modificaciones que el tiempo opera en nosotros, modificaciones que resultan de tal magnitud que al final de nuestra vida somos otros. 
Esta frase, que solemos usar de manera metafórica, cobra un significado profundo cuando consideramos lo que opina la ciencia: como de tanto en tanto se renuevan todas y cada una de nuestras células, con el paso del tiempo somos, literalmente, otros. Nuestros músculos son otros, otra es nuestra piel, nuestros manos y nuestros ojos son otros. 
Es así como interpreto los versos que voy a leerles a continuación, que son de la primera página de Algaida (palabra, por cierto, que proviene del árabe y sirve para referirse a un terreno arenoso, acaso una duna o un médano, al lado del mar). El poeta, delante de la vastedad y el misterio de la muerte, representados por el mar, voltea a contemplar su vida y descubre la cordillera de todos los hombres que sucesivamente ha sido, hechos todos de arena frágil y deleznable:
                 Me arrastra, algaida, fijo hacia el poniente,
                 grano a grano, corpúsculo a corpúsculo […]
                 para reconstruirme en otro punto, edad y hora
                 y en un orden sólo en apariencia idéntico.

                 A nuestra espalda el rastro, la enana cordillera
                 de los borrosos médanos que fuimos,
                 amarillosos y petrificados, dunas muertas
                 del brumoso, del remoto o del reciente existir.

Como en ese poema Eduardo Lizalde da una clase maestra sobre el tratamiento de la lengua, me ha parecido buena idea ofrecer un brevísimo puñado de ejemplos de lo que ocurre en sus páginas con el objetivo de que, quienes nos acompañan esta tarde, puedan experimentar aquí y ahora algo del finísimo oído y el fabuloso sentido del lenguaje de este poeta. Los primeros ejemplos tienen que ver con el uso del adjetivo en Algaida.
Vicente Huidobro, 1922. Dibujo de Juan Gris.
Jamás olvidamos los poetas que, como escribió célebremente Vicente Huidobro en un poema que con toda razón se titula “Arte poética”, “el adjetivo, cuando no da vida, mata”. Seguramente Huidobro tenía presentes las palabras de Filippo Tommaso Marinetti, quien, en uno de los documentos fundacionales del Futurismo, la primera de las vanguardias, apostó abiertamente nada menos que por la abolición de los adjetivos
Marinetti, padre del Futurismo. Foto: internet.
Sólo sin adjetivos, explicaba el padre del futurismo y recordaba Huidobro, los poetas conseguiremos conservar el color esencial que poseen los nombres de las cosas, los sustantivos. El adjetivo, en cambio, al tener un carácter más apropiado para dar matices, representa una suerte de meditación sobre las cosas, una especie de alto en el camino. 
Pasados los setenta años, Eduardo Lizalde decidió desafiar el apotegma expresado en el verso de Huidobro: todo el que se acerque a Algaida se dará cuenta de la asombrosa profusión de adjetivos que caracterizan al poema. La explicación está en que el poeta intenta fijar, con la máxima precisión posible, aquello de que informan la inteligencia y los sentidos, lo que exige que añada, a los sustantivos que nombra, el mayor cúmulo posible de sensaciones y de ideas.
Este matiz, este alto en el camino, esta meditación que supone el adjetivo, en contra de la función dinámica del sustantivo, esta preeminencia del color por encima de la silueta, si puedo decirlo así, hace pensar en los pintores venecianos del siglo XVI (como Bellini o Giorgione) que descubrieron las posibilidades de trabajar con los colores directamente, en vez de hacerlo primero con los trazos y las líneas. Lizalde no se conforma con dar una pincelada aquí y otra allá sobre los objetos que nombra, sino que con frecuencia los califica de dos y hasta de tres maneras sucesivas, asestándoles varios adjetivos, uno detrás del otro. El juego es francamente arriesgado y sólo un gran maestro puede salir airoso de él.
Pero veamos tres ejemplos, para intentar mostrar a qué me refiero con todas estas palabras. Cuando el poeta pinta por vez primera el huerto rural, lo hace de la siguiente manera. Como no tenemos tiempo de comentar estos versos como se merecen, me permito hacer notar desde ahora que en ellos, en estos ocho versos, hay nada menos que veintiún adjetivos, todos perfectamente logrados. Para decirlo con palabras de Marinetti: veintiún pequeñas meditaciones, dedicadas a sólo cuatro objetos: los membrillos, las manzanas, los perones y la higuera. Estos versos, repito, describen un huerto, y su propósito está conseguido con esplendor barroco y elegancia francamente inusitada:
                  … los aviesos membrillos acidosos,
                       la bíblicas manzanas gongorinas de hipócrita arrebol
                       y los advenedizos pálidos perones
                       —de genética estirpe bastarda y jardinera,
                       humana y puritana— de anémica epidermis,
                       la prestigiosa higuera legendaria
                       de Rómulo el divino primer rey,
                       de blanca sangre y gran follaje mendicante y palmario.

Uno de los momentos más hermosos del poema es el segundo ejemplo al que voy a referirme. En él los adjetivos vuelven a ser muchos, sin que nos parezcan excesivos, y cada uno de ellos abona a la precisión descriptiva de cada objeto. En este caso se trata del fruto del ciruelo japonés, tal y como es concebido por la luz, como sugiere el poeta. Para ello, Lizalde echa mano en esta ocasión, en sólo siete versos, de hasta trece adjetivos:
                       Pero todo era gloria en la inmortal infancia:
                       la luz floreaba junto a los rosales
                       y daba extraños frutos que escaldaban la lengua
                       como los del rojo umbrátil ciruelo japonés,
                       que sólo producía cada seis meses dos frutillas amargas,
                       para probar a sus feraces y ubérrimos vecinos
                       que no era estéril, sino morigerado y elegante como un bonzo.

Y así con todo, flores y frutos particularmente: el limón, el bambú, las campánulas, el alhelí, el nardo, el sándalo, la mandarina, el ciprés, la rosaleda, la buganvilia, la siempreviva…
El tercer ejemplo consta de un solo verso. Cuando se refiere a la estrella Aldebarán, fascinado por la hermosura de la palabra, que significa “la seguidora” y es por cierto también de origen árabe, como “algaida”, Eduardo Lizalde no puede sino repetirla hasta tres veces en la misma línea: “Aldebarán, Aldebarán, Aldebarán”. 
Después de decir que aquella estrella es cincuenta veces más grande que el sol, escribe que brilla rodeada de “su turbulento / rebaño de fogosas cefeidas parpadeantes”. Aprecien ustedes la belleza que hay en esta línea: “Rebaño de fogosas cefeidas parpadeantes”. Por algo que no me explico, este verso, en el que hay dos sustantivos y dos adjetivos en equilibrio, produce la sensación del variable fulgor de las estrellas que rodean a Aldebarán, y al mismo tiempo la delicada vacilación con que el velo de la atmósfera las ofrece al ojo humano:
                       Rebaño de fogosas cefeidas parpadeantes.

El trazo arquitectónico, la hermosura del glosario y el aliento característicos de Algaida hacen de este poema una mezcla que no me parece exagerado llamar perfecta. De la elegancia de su expresión y su belleza he ofrecido ya tres ejemplos; para concluir esta breve alocución de homenaje, apenas una probada del fabuloso mundo verbal de Lizalde, les ofrezco aquí un ejemplo de su exquisitez. 
En Algaida hay un episodio marítimo, una especie de intermezzo al que se llega a través de la alusión a los recuerdos infantiles. Ese pasaje marino termina con un trazo de fino pincel, que nos resulta más fino todavía porque tiene la función de contrastar con el carácter del episodio al que sirve de remate: Lizalde dice que el mar, que descarga un poder terrible durante el día (cada una de las imágenes que recrean ese poderío es muy atinada, como aquella que dice que el mar “rompe el corazón enamorado de las rocas”), por las noches en cambio “escribe ya sus tankas de altamar y sus poemas orientales”, y arma esta deliciosa imagen en la que, sin decirlo expresamente, digamos que apenas sugiriéndolo, un par de barcas que flotan junto a la playa aparecen convertidas en un par de sandalias:
                        Dos barcas a la orilla:
                        se ha descalzado el mar
                        para pisar, desnudo el pie, la arena.

Éste es, señoras y señores, Eduardo Lizalde, el primero de los poetas mexicanos, a quien celebro esta tarde con mi respeto y mi cariño encendidos en esta felicísima ocasión.
Foto del poeta Jorge Ortega.
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La foto que abre este post es de Lucirene Castellanos. La que lo cierra es de Jorge Ortega. A ellos, mi agradecimiento especial.

Mi ensayo completo sobre Algaida se publicó en mi libro Contra la fotografía de paisaje (Magenta, 2014). Antes apareció impreso en la revista Luvina, en cuyo portal en línea puede leerse completo, http://bit.ly/1oRr5Sf

El retrato a línea de Vicente Huidobro es de Juan Gris. Lápiz sobre papel, 46,5 x 37 cm., 1922. Museo Reina Sofía.

Aquí una buena crónica del homenaje a Eduardo Lizalde del domingo pasado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara: http://bit.ly/2AhsTiN