domingo, 27 de marzo de 2011

El museo imaginario de Marcel Proust

A José María, cotidiano amante de la pintura
Es uno de los libros que he comprado con más gusto durante los últimos años. Al verlo en una librería parisina, una de las veces que estuve en Francia organizando la participación mexicana en el Salón del Libro de París, lo abracé con reconocimiento agradecido, igual que si hubiera estado al tanto de su existencia mucho antes de saber de él. 
Se trata de la edición francesa de una obra publicada originalmente en inglés en 2008 con el nombre de Paintings in Proust. A visual companion to In Search of Lost Time (Thames & Hudson). Ideado por Eric Karpeles, un pintor norteamericano que ha escrito sobre plástica, poesía y estética, el libro es una pequeña enciclopedia de las alusiones pictóricas de la gran novela proustiana. Al lado de cada obra, que reproduce a colores y página completa, explica el contexto en que se hace la referencia y copia la cita exacta de Proust. El propósito de esta entrega es hacer un pequeño ejercicio en español de la misma idea.
La lista de mis siete citas, tomadas todas del libro de Karpeles, deja fuera las más obvias: la Vista de Delft de Veermer, delante de la que muere Bergotte; la Séfora, hija de Jetro, del fresco de Botticelli que está en la Capilla Sixtina y que sirve de pretexto para que Swann se enamore de Odette; la Olimpia de Manet… En cambio, he preferido fijarme en algunas referencias concretas de las que no tenía ningún recuerdo: obras de Piranesi o Whistler, el Bronzino o David…
Álvaro Mutis escribió en un viejo artículo en la Gaceta del Fondo, en el que comparaba la relectura de En busca del tiempo perdido con la de los Hermanos Karamazov, que cada vez que regresamos a la novela de Dostoievski nos parece que los personajes han cambiado con el tiempo, lo que nos permite percibirlos de maneras diferentes y sucesivas, mientras que al volver a Proust tenemos la certeza de que se han mantenido iguales y que somos nosotros quienes no hemos dejado de cambiar. Si eso es verdad, quizás vaya siendo hora de volverlo a leer.
Hago las transcripciones de la edición de Alianza de bolsillo, que tengo delante; es la misma en la que después de un par de intentos frustrados, quizás sobre todo gracias a que oí a un genuino pero temeroso proustiano susurrar a mi padre que de ninguna manera fuera yo a leerla (por la crudeza, creo que quería decir, con la que están expuestas algunas verdades sexuales), leí los siete volúmenes de la novela a lo largo de cinco meses de 1985. Como es bien sabido, la traducción de los tres primeros tomos de esa edición es del poeta Pedro Salinas, con la ayuda final de Quiroga Plà; la del resto, a partir de Sodoma y Gomorra, de Consuelo Berges. Me he permitido “corregir” los feos leísmos y laísmos peninsulares; si bien hace tiempo dejé de pelearme con ellos, siquiera porque los usa Celestina, en esta ocasión he preferido evitárselos a mis lectores —mexicanos la mayoría de ellos—. La edición es la séptima, de 1984.

Vista de la Piazza del Popolo y perspectiva del Corso en Roma, de Piranesi, 1750
En el mismo París, en uno de los barrios más feos de la ciudad, sé yo de una ventana por la que se ve, después de un primero, un segundo y hasta un tercer término de tejados amontonados de varias calles, una campana morada, a veces rojiza, y en ocasiones, cuando la atmósfera tira una de sus mejores “pruebas” , de un negro filtrado en gris que no es más que la cúpula de San Agustín, y que da a esa vista de París el carácter de algunas de Roma, por Piranesi.
Por el camino de Swann, páginas 85-86.

La cabalgata de los Reyes, de Benozzo Gozzoli, 1459
Esa manía de Swann de encontrar parecidos en la pintura era cosa defendible, porque hasta lo que nosotros llamamos la expresión individual es —como puede uno observar con tanta tristeza cuando está enamorado y quiere creer en la realidad única del individuo— muy general y ha podido encontrarse en diferentes épocas. Pero de haber hecho caso a Swann, la cabalgata de los Reyes, ya tan anacrónicos cuando Benozzo Gozzoli metió allí a los Médicis, aún lo sería mucho más porque de ella formarían parte los retratos de una infinidad de hombres contemporáneos no ya de Gozzoli, sino de Swann, esto es, posteriores en más de quince siglos a la Natividad y en más de cuatro al mismo pintor. Según Swann, no faltaba un solo parisiense notable en aquella cabalgata, lo mismo que en ese acto de una obra de Sardou en que por amistad al autor y a la intérprete principal, y también por moda, todas las notabilidades de París, médicos célebres y abogados, salieron a escena uno cada noche, para divertirse.
A la sombra de las muchachas en flor, página 127.

Armonía en azul y plata, de Whistler, 1865
No obstante el engreimiento del jefe del comedor de los Guermantes, Francisca había podido, desde los primeros días, hacerme saber que aquéllos no habitaban su hotel en virtud de un derecho inmemorial, sino de un arrendamiento bastante reciente, y que el jardín a que daba el hotel por la parte que yo no conocía era bastante pequeño y semejante a todos los jardines contiguos; y supe, en fin, que allí no se veía ni caza señorial, ni molino fortificado, ni salvitas, ni palomar sobre columnas, ni horno de señorío, ni castillete, ni puentes fijos o levadizos, ni siquiera volantes, como tampoco obeliscos, cartelas, murales o mugas. Pero lo mismo que Elstir, cuando al perder su misterio la bahía de Balbec se había convertido para mí en una parcela cualquier intercambiable con cualquier otra de las cantidades de agua salada que hay en el globo, le había devuelto de pronto una individualidad al decirme que era el golfo de ópalo de Whistler en sus armonías azul plata, así el nombre de Guermantes había visto morir bajo los golpes de Francisca la última mansión salida de él, cuando un viejo amigo de mi padre nos dijo un día, hablando de la duquesa: “Ocupa la posición más importante del barrio de Saint-Germaine; su casa es la primera del barrio de Saint-Germaine”. Desde luego que el primer salón, la primera casa del barrio de Saint-Germaine era bien poca cosa al lado de las otras mansiones que yo había soñado sucesivamente. Pero en fin, ésta —y había de ser la última— aún tenía algo, por humilde que fuese, que estaba más allá de su propia materia, una diferenciación secreta.
El mundo de Guermantes, página 31.

La comida, Leon Bakst, 1902
Pero, muy a menudo, las nuevas dueñas de casa son simplemente, como ciertos hombres de Estado que forman su primer ministerio pero que llevaban cuarenta años llamando inútilmente a todas las puertas, unas mujeres que no eran conocidas en la sociedad pero que llevaban mucho tiempo recibiendo, a falta de otra cosa, a “unos pocos íntimos”. Claro que no siempre era este el caso, y cuando, con la prodigiosa eflorescencia de los bailes rusos, reveladora sucesivamente de Bakst, de Niyinski, de Benoist, del genio de Stravinski, apareció la princesa Yurbeletief, joven madrina de todos estos grandes hombres nuevos, llevando en la cabeza una inmensa pluma trémula desconocida por las parisienses y que procuraban imitar todas, se pudo creer que esa criatura maravillosa la habían traído en sus equipajes, y como si más precioso tesoro, los bailarines rusos…”.
Sodoma y Gomorra, página 169.

El Círculo de la rue Royale, de James Tissot, 1868
Para la generación siguiente, Cartier es ya una cosa tan informe que casi se le engrandecería emparentándolo con el joyero Cartier, cuando él hubiera sonreído de que unos ignorantes pudieran confundirlo con ése. En cambio Swann era una notable personalidad intelectual y artística y aunque no “creó nada”, tuvo la suerte de durar un poco más. Y sin embargo,  querido Charles Swann, a quien tan poco conocí cuando yo era tan joven y usted estaba tan ceca de la tumba, si se vuelve a hablar de usted y si pervivirá quizá, es porque el que usted debía de considerar como un pequeño imbécil lo ha erigido en héroe de una de sus novelas. Si en el cuadro de Tissot que representa el balcón del Círculo de la rue Royale, donde está usted entre Galliffet, Edmundo de Polignac y Saint-Maurice, se habla tanto de usted, es porque hay algunos rasgos suyos en el personaje de Swann.
La prisionera, página 214.

Retrato de hombre joven, Bronzino, ca. 1530
Pero, en este punto, monsieur de Charlus se apartaba un poco de la regla habitual. Como lo admiraba todo en Morel, sus éxitos con las mujeres no le hacían sombra, y aun le causaban la misma satisfacción que sus triunfos en los conciertos o en el juego del écarté. “Pero, ¿sabe, amigo mío?, es un mujeriego —decía en un tono de revelación, de escándalo, quizá de envidia, sobre todo de admiración—. Es extraordinario —añadía—. Las furcias más famosas no tienen ojos más que para él. Eso se ve en todas partes, lo mismo en el Metro que en el teatro. ¡Es un fastidio! Cada vez que voy con él a un restaurante, el camarero le trae cartitas tiernas de tres mujeres por lo menos. Y siempre bonitas, además. Y no es extraño. Ayer lo estaba mirando y las comprendo, está guapísimo, parece una especie de Bronzino, es verdaderamente admirable”. Pero a monsieur de Charlus le gustaba mostrar que amaba a Morel, convencer a los demás, quizá convencerse a sí mismo, de que Morel lo amaba.
La prisionera, página 233.

Madame Récamier de David, 1800
Acabé por comprender que un hombre enorme, altísimo, muy gordo, con el pelo enteramente blanco, al que yo encontraba más o menos en todas partes y cuyo nombre no supe nunca era el marido de madame de Saint-Euverte. Había muerto el año anterior. En cuanto a la sobrina, ignoro si la causa de que escuchara música en aquella postura sin moverse por nadie era una enfermedad de estómago, de los nervios, una flebitis, un parto próximo, reciente o fracasado. Lo más probable es que, orgullosa de sus bellas sedas rojas, pensara hacer en su chaise longe el efecto de una madame Récamier.
El tiempo recobrado, páginas 394-395.

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La imagen que abre este post es un retrato de Franz Xavier Winterhalter, pintor al que Proust alude, si bien hablando de una vieja mujer, en la página 134 de A la sombra de las muchachas en flor.




Eric Karpeles en la red: http://www.erickarpeles.com/
El libro, en sus versiones inglesa o francesa, puede adquirirse en www.amazon.com

1 comentario:

  1. por fin entendí una canción de Liliana Felipe en la que hace mención a Madame Récamier de David.

    pasando a las raquetas.
    una recopilación de las anécdotas con respecto a la homonimía con el cantante estaría genial.

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