viernes, 23 de junio de 2017

La Ruta del Teatro

Con relativa frecuencia me invitan a aparecer en la televisión. Suelo declinar, todo lo amablemente que puedo. No por otra cosa: delante de la cámara me siento, en cierto modo, amenazado; me agreden las lámparas del set; me incomoda la mano que retoca el maquillaje o esculca entre mi ropa para ajustar la caja del micrófono; me agobia la crudeza de la textura televisiva y quizás también la irreversibilidad de la imagen fijada en movimiento. No es éste, desde luego, el lugar para llegar al fondo del asunto.
Sólo añadiré que me parece odiosa la propagación indiscriminada de las imágenes y sobre todo me repugna el equívoco que es la fama que proviene de la televisión. Pero no digo que de esa agua no beberé. Como la mayoría de la gente, me mantengo de mi trabajo y si un día se acaban el apoyo a la escritura o las ediciones para otros, la radio o las clases, quizás me vea en la necesidad de hacer algo para la televisión.
Además, ya he bebido. Acabo de hacerlo. Esta vez no fui capaz de decir que no, ni siquiera todo lo amablemente que hubiera podido hacerlo. Me lo propuso una de las poquísimas personas a las que no puedo negarles nada; por si fuera poco, el tema es el gran amor secreto de mi vida: el teatro. Alguna vez contaré cuándo y de qué manera me enamoré para siempre de los escenarios, una inolvidable noche de mis quince años, con el lenguaje y los misterios de Valle Inclán.
Mi amigo me llamó el año pasado para invitarme a participar en un programa de televisión sobre teatro y no pude decirle que no. Por razones de tiempo, al final fue imposible hacer lo que primero nos habíamos propuesto (y me había sonado razonable): que desarrollara yo por escrito una columna sobre temas teatrales para ser leída frente a la cámara. Al final todo quedó en que me limitaría a hacer lo que mejor sé hacer: preguntas.
Desde hace tres semanas se emite por Canal 22 la serie La Ruta del Teatro en la que hago las veces de conductor al lado de la actriz Renata Ramos Maza. La idea del programa, producido por Jesús Sánchez Maldonado, es conversar con algunos de los principales directores y actores teatrales de México sobre los fenómenos dramatúrgicos y las obras que han marcado al arte de las tablas de los tiempos más remotos a la época contemporánea. Cada capítulo de la serie, que consta de 13 programas, abre con una pequeña lectura de atril hecho por la talentosa Renata.
Mi compañera de aventura vivió más de veinte años en París, donde formó parte del Teatro del Sol, la compañía fundada por la legendaria Ariane Mnouchkine. Su colaboración como actriz principal de esa compañía le permitió conocer tradiciones teatrales de culturas no occidentales y la hizo adentrarse en los grandes mitos de la Antigüedad Clásica.
Renata Ramos en escena. 
La Misericordia, de Hugo Alfredo Hinojosa.
CNT, 2013. Foto: Isaac Ramdia.
En 2010 volvió a México para integrarse a la Compañía Nacional de Teatro, en la que permaneció hasta 2016. 
La última vez que la vimos en escena fue cuando representó a la mujer de Richard Strauss en la obra que explora la relación entre el músico alemán y el escritor judeo-austriaco Stefan Zweig. La puesta en escena de La colaboración, de Ronald Harwood, fue dirigida por Sergio Vela. Para mí, parte del encanto de participar en la grabación de un programa como La Ruta del Teatro era compartir el escenario, siquiera televisivo, y las emociones que se viven tras bambalinas, con una actriz de verdad.
Renata Ramos en escena.
La colaboración, de Ronald Harwood.

CNT, 2016. Foto de Lorenzo Rosi.
Después de esa entrada grabada a contraluz, corre la conversación sobre cada una de las obras o autores, generalmente en tres bloques. Cuando preparábamos el género de entrevistas que queríamos hacer, mandé a la asistente de producción Paulina Franch y a mi colega Renata cinco preguntas básicas, sobre la obra misma, lo que ha aportado a las artes escénicas y lo que se ha hecho en México con ella (27 de noviembre de 2016). Al final, añadí este párrafo:
La idea es concluir con una pregunta más, para el bloque final, personalizada en cada caso; por esa razón no la escribo. Por ejemplo, a Elsa Cross podríamos preguntarle cómo puede convertirse en una pieza teatral unitaria una serie de poemas, o cantos rituales y sagrados, antiquísimos, que se han rescatado de las más diversas fuentes… A Laura Almela, qué significa revivir a los personajes de la novela de Laclos, reinterpretados por Müller, en un tiempo en que el papel de las mujeres ha variado sensiblemente respecto a finales del siglo XVIII, que es cuando ocurre la novela de la que parte la obra teatral. Y etcétera. Yo creo que al final podremos improvisar en cada uno de los casos.

La lista de obras e invitados resultó francamente buena. Véase si no: Edipo Rey, Macbeth, Tartufo, La vida es sueño, Tío Vania, Cuarteto, El círculo de tiza, El Divino Narciso, Innana y el teatro de Elena Garro. 
Momento de la entrevista con Luis de Tavira sobre Brecht.
Los invitados, en el mismo orden, fueron Natalia Moreleón (Sófocles), Mauricio García Lozano (Shakespeare), Sabina Berman (Molière), Ignacio García (Calderón de la Barca), David Hevia (Chéjov), Laura Almela (Müller), Luis de Tavira (Brecht), Alberto Pérez-Amador Adam (Sor Juana), Elsa Cross (Innana) y Sandra Félix (Garro). 
Eugenia Cano: Kathakali.
Además, La Ruta del Teatro dedicó programas respectivos al teatro indio Kathakali, el japonés Kabuki y la italiana Comedia del Arte, en los que conversamos respectivamente con Eugenia Cano, Amaury García Rodríguez y María Pía Lamberti.
Laura Almela se preparar para el programa sobre Cuarteto de Heiner Müller.
Los programas se enriquecieron con algunas entrevistas hechas fuera de estudio, como la que la productora grabó con el embajador de Grecia para recoger su testimonio sobre Sófocles y la tragedia clásica en general; para hablar de Chejov se entrevistó a David Olguín, y a Geney Beltrán Félix para el caso de Elena Garro. 
David Olguín se refiere a Tío Vania de Chéjov.
Geney Beltrán Félix, en entrevista sobre el teatro de Garro.
Con la idea de hacer más profunda la entrega sobre el teatro de sor Juana, el programa conversó con Alejandro Soriano Vallés, unos de los principales expertos en la monja jerónima y seguramente su principal biógrafo.
Alejandro Soriano Vallés, principal biógrafo de Sor Juana.
A propósito de Edipo Rey, José Solé dio un largo testimonio sobre la manera en la que se inició en el teatro siendo niño; ese material, que no venía precisamente al caso, no fue utilizado para el programa pero allí quedó, para ser aprovechado algún día. 
José Solé nos refiere cómo supo desde niño que su vida estaría ligada al teatro.
El testimonio es muy valioso sobre todo a la luz de su muerte, ocurrida apenas un mes y medio más tarde. Esa tarde, después de la charla delante de las cámaras, aproveché para mostrarle el programa de mano de aquella inolvidable Orestiada íntegra de más de seis horas que dirigió en los años ochentas y que tuve la suerte de presenciar en un teatro del Centro Cultural Universitario, acompañado de mi querido amigo Sergio Vela. José Solé aceptó estampar su firma en el documento, uno de los más valiosos de mi archivo teatral.
Hace tres semanas fuimos avisados de manera inopinada que la serie empezaría a transmitirse. Durante los días de las grabaciones tomé algunas fotografías (nunca tantas como me hubiera gustado); son las que ilustran este post. Las demás son imágenes testimoniales o tomas de monitor hechas por Paulina Franch, a quien agradezco que me las haya compartido. La intención de esta entrega de Siglo en la brisa es invitar a mis amigos a ver La Ruta del Teatro: pasa los jueves, a partir de las ocho y media de la noche, por Canal 22.

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La foto que abre este post es de Jesús Sánchez Maldonado, a quien agradezco las facilidades brindadas para hacer La Ruta del Teatro.

Más sobre teatro en este blog:
La colaboración, de Sergio Vela, http://bit.ly/2onOobd
Textos para La mujer sin sombra de Richard Strauss, http://bit.ly/1IraPP6
Cuando fui el Narrador, http://bit.ly/2rCRdqg



viernes, 16 de junio de 2017

Cartas de Néstor Perlongher


Ya que David Huerta iba a participar en un festival de poesía en Buenos Aires, quise ponerlo en contacto con mi amigo Francisco Garamona, el poeta y músico argentino que dirige Mansalva. Editor de Aira, Lamborghini, Laiseca, Fogwill o Saer, entre otros autores de primer orden, Garamona forzosamente tenía que encontrar interesante conocer en persona a uno de los principales poetas mexicanos contemporáneos. 
Deniz en Chapultepec.
Foto: archivo FF
Había otro objetivo, tan importante como el primero: reunir, a tantos kilómetros de distancia de México, a dos singulares entusiastas de Gerardo Deniz. David Huerta no fue sólo uno de los primeros en señalar la importancia de la poesía de Juan Almela sino que fue su amigo hasta su muerte, en diciembre de 2014. Por su parte, Garamona bautizó su editorial como Mansalva por la antología de poemas que el poeta hispanomexicano había publicado en 1987 –y que, por lo visto, fue leída en tierras argentinas, si bien también allá por un puñado de lectores escogidos y secretos, con tanto interés como lo fue por aquí–. A finales de 2010, cuando su sello tenía unos cuatro años de existencia, Garamona pasó unos días en México y yo me di el gusto de servir de enlace entre él y Deniz. El feliz resultado de ese encuentro fue la edición de Mansalva bajo el sello de Mansalva.
La antología Mansalva publicada por la editorial argentina Mansalva en 2012.
No pudo ser: David iba con los días contados (apenas un fin de semana) y Garamona, que venía de atender un compromiso musical en Mendoza, ultimaba los detalles finales de una película que estaba a punto de estrenar, y por lo tanto andaba con los tiempos muy reducidos. El azar trabajó, no obstante, en favor de mi proyecto de acercamiento: en uno de sus paseos por las librerías de Buenos Aires, David dio con una edición de la correspondencia de Néstor Perlongher. 
Néstor Perlongher. Ignoro quién es el autor de la imagen, que tomo de internet.
El hallazgo de ese epistolario debe de haber revivido con fuerza en su imaginación el significativo encuentro que tuvo con el poeta argentino en una lectura de poesía en la Universidad de Nueva York una noche de abril de 1992 (en la que también participaron el uruguayo Roberto Echavarren y el cubano José Kozer), encuentro que yo, que estaba entre el público, atestigüé. 
Con Roberto Echavaren y José Kozer, en Washington Square.
Nueva York, invierno 1991-1992. Foto: Archivo de FF
Muchos años después, David mismo escribió una evocación de aquella noche –que publiqué en este espacio (el link, al calce)–. Como contó en ese texto, durante la última década hizo un homenaje constante a su colega argentino ya que fue bajo el título de un libro suyo, Aguas aéreas, con que publicó una columna de temas literarios en la Revista de la Universidad.
Lo curioso vino cuando advirtió cuál era la editorial que publicaba el libro: Mansalva. A continuación pasó algo todavía más curioso: al abrir el volumen para hojearlo por vez primera, casi de inmediato descubrió mi nombre impreso en él… La cosa se explica fácilmente: aquella noche neoyorquina, al acabar la lectura de aquellos cuatro notables poetas latinoamericanos, me acerqué a Perlongher y le pedí unos poemas para Milenio, la revista que dirigía yo entonces. El poeta argentino fue amable, y cumplido: unas semanas más tarde recibí en México una selección de poemas suyos, entre los que había algunos inéditos. Lamentablemente Perlongher murió aquel mismo año, apenas seis meses después de nuestro encuentro, el 26 de noviembre de 1992. Tenía 43 años.
David Huerta muestra el ejemplar de la correspondencia
de Perlongher en un café de la colonia Nápoles.
2 de mayo de 2017. Foto: FF
Hace unas semanas, al volver de Buenos Aires, David me prestó el libro. Durante unas cuantas horas largas me paseé por sus páginas con curiosidad e interés. También, con emoción. En sus cartas, el poeta de Aguas aéreas se muestra como nos pareció que era en persona: además de poseer un enorme talento poético (escúchese en YouTube su lectura del impresionante poema “Cadáveres”) era un hombre de espíritu liviano, lleno de simpatía y carisma. 
La misma gracia con que leyó en la Universidad de Nueva York su poema “Las tías” vibra en las cartas a sus amigos, e incluso en los peores momentos (cuando los primeros indicios de que el SIDA ha empezado a manifestarse en su cuerpo), y más tarde todavía, cuando la enfermedad lo ha orillado a la muerte, conserva una ligereza que impresiona –y emociona–. Aun así, desde luego, es dramático leer cómo avanzan los síntomas de la horrorosa plaga especialmente en él, que conocía el tema a la perfección. 

Recuérdese que Néstor, que vivía en Brasil según él mismo como un “exiliado sexual”, fue un tempranísimo militante de las libertades sexuales (fundador del Frente de Liberación Sexual), y al tema de la sexualidad dedicó diversos trabajos, entre ellos La prostitución masculina y, precisamente, El fantasma del SIDA.
En carta de febrero de 1985 (pág. 74), esto es unos siete años antes de la lectura neoyorquina, escribe a Echavarren que “con Kozer nos hemos hecho amigas postales”, lo que quiere decir que el poeta cubano ya lo ha admitido en la impresionante red de corresponsales epistolares (por correo postal, por supuesto, en papel, con sobres y estampillas) que mantuvo viva durante años desde su casa de Queens, y a la que yo mismo pertenecí. (La editora de la correspondencia de Perlongher publicada por Mansalva, por cierto, dice que no ha podido recuperar sus cartas con el poeta cubano-neoyorquino.) Me hace gracia la forma en que cierra el anuncio entusiasta de su flamante amistad postal con Kozer: “eso es lindo”, dice, “porque una urde una trama de disparate linguajar”…
José Kozer, hace unos días, en Dartmouth College, NY,
a donde acudió a recoger un premio.
Foto NBC / Sandra Guzmán.
Otra cosa que llama mi atención, ahora que leo sus cartas, es que la enfermedad y la muerte le hubieran llegado cuando empezaba a hacerse conocido, contra lo que pensaba yo, que lo daba por un poeta ampliamente publicado –y reconocido–. A finales de 1989, cuando empieza a padecer los síntomas de la enfermedad, está en dudas de si debe publicar algunos de sus principales libros, como Parque Lezama y Aguas aéreas, aquí o allá, si en una importante editorial española o en la argentina Último Reino, donde terminaron apareciendo…
Sólo ahora que leo las cartas puedo establecer que la lectura en NYU fue la segunda semana de abril de 1992: en una postal fechada el 8 de ese mes, Perlongher cuenta que ya está en Nueva York, y siete días más tarde, de regreso ya en Sao Paulo, relata algunos detalles de la semana que pasó hospedado en el departamento de Echavarren. El 17 de abril le escribe a México a mi colega José Homero para enviarle dos poemas para su revista, Graffitti. A mí me escribe el 5 de mayo, dos semanas después:

Aún embalado por las estimulantes circunstancias de nuestro encuentro, cumplo en enviar una selección de mis poemas, incluyendo inéditos. Espero que mi selección les interese. Otra cosa: la revista me ha parecido excelente. Mucho me gustaría recibir otros números. Agradezco su interés por mi obra y espero noticias. Cordialmente, Néstor Perlongher.

La editora del epistolario añade una nota que dice que Milenio “fue una revista cultural editada bimestralmente en la ciudad de Puebla [!] entre 1990 y 1992, dirigida por el escritor Fernando Fernández”. (¿De dónde habrá sacado ese dato?)
Perlongher vuelve a escribir el primero de septiembre, por cierto a sólo dos meses de su muerte (la última carta está fechada el 16 de octubre de 1992). Como al volver yo a México, por razones que no vienen al caso Milenio entraba en crisis, Eduardo Vázquez Martín, Ricardo Cayuela y yo empezábamos a planear la fundación de Viceversa, la revista que iba a sustituirla. 

Debo de haberle escrito a Perlongher, acompañando mi carta con un ejemplar del último número de la revista, para decirle que no había conseguido publicar sus poemas pero que lo haría en breve, en una publicación idéntica pero de otro nombre –siempre y cuando a él no le pareciera mal. Perlongher contestó así:

Con considerable retraso le agradezco el envío de su maravillosa revista. Me pone contento la próxima aparición de mi textos. No tengo inconvenientes en que lo que no sea publicado en Milenio pase a otras revistas, lejos de ello me siento complacido. Espero ansioso el próximo ejemplar. Y le envío un saludo cordial.

Como ya nos hizo ver David en su evocación de la noche de la lectura en NYU, el poema que apareció en Viceversa –con una nota entusiasta suya (el link, al calce)– se llamaba “Strip tease” y bien pudo haber sido el último que Néstor publicó en vida. El número inaugural de la nueva revista, con su poema incluido, vio la luz el mismo mes de su fallecimiento, en noviembre de 1992.
Al número siguiente (Viceversa 2, febrero de 1993), Eduardo Vázquez Martín publicó una nota necrológica que puede leerse completa aquí:
Entre otras cosas, Eduardo escribió: “En un medio cultural como el nuestro, tan refractario a cualquier radicalidad, tan proclive al autoelogio, tan decente desde el punto de vista literario, moral y sexual, la obra de Perlongher ha despertado escaso interés. No se le publicó en vida y tampoco se le despidió. Creo que la alegría de versos como ‘Vena venal su tos convulsa / en narvales clavaba, como un pico / de femenina felinidad’ no dejarán de hacernos cosquillas a pesar de la muerte de su autor” (pág. 6).
Antes de devolverle a David el ejemplar de la correspondencia de Perlongher editada por Mansalva, y de elegir del librero alguno de esos libros de nombres envidiables y perfectos, como lo son Austria Hungría o Parque Lezama, copio de la carta fechada en París el 25 de febrero de 1990 esta frase que brilla tristemente en medio de la tragedia de los últimos meses de la vida de un ser excepcional: “Somos como títeres, nos mantenemos precariamente flotando en los tablados sostenidos por los hilos de los afectos de las personas que nos quieren, nos falta el hilo amoroso y nos venimos abajo en un trastabillar de maderitas. Como maderitas también boyamos en un río turbulento cuyo destino se nos escapa”.

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Le escribo a Francisco Garamona para preguntarle detalles del libro y las fechas de la fundación de Mansalva y de su visita a Deniz, y esto es lo que me contesta: “Querido Fernando: el libro sobre Perlongher nace de una necesidad y una pregunta que uno se hace frente a la obra de cualquier gran poeta: ¿cómo era su vida? 
"Bueno, bajo intentando responder esa pregunta, casi al principio de que fundara la editorial publiqué un primer volumen de cartas del poeta. Un barroco de trinchera, Cartas a Baigorria, Mansalva, 2007. Y ahora seguimos con este otro tomo que contiene las cartas a Baigorria y todas las demás que fueron recopiladas y halladas antes por Cecilia Palmeiro –una novelista e investigadora argentina muy genial–. Mansalva arrancó físicamente el 2006. Llevamos cerca de 170 libros publicados, pueden ser algunos más o algunos menos. Estuve en México por primera vez en 2010. He vuelto y pronto volveré otra vez, ya que sale un libro mío –ya salió– allá. Fuerte abrazo, amigo”.
Garamona, a la derecha de la imagen, ofrece con su grupo un concierto 
en la sede de Mansalva.
Foto: página de FB del F. Garamona.
La editorial Mansalva en la red: https://mansalva.com.ar/

Más sobre Néstor Perlongher en este blog:
David Huerta evoca a Néstor Perlongher, http://bit.ly/1GpA6ft
Perlongher en la memoria, http://bit.ly/2rFOrkE